jueves, 15 de diciembre de 2005

En ocasiones veo patios de guardería

Dork Tower

Me temo que no entro del todo en la socialización en la blogosfera. Y me gustan muchos blogs, y me gusta su gente, y lo paso bien... pero no dejan de sorprenderme ciertas conductas que creí que se superaban cuando empezabas a poner más velas en la tarta de las que podías contar con tus dedos.

Esa gente que sólo hace intercambio de enlaces, porque si te han enlazado y no ven que tú hagas lo mismo se les hincha la vena del cuello. Los que sólo te comentan si les comentas a su vez. Los que se ofenden airados porque han escrito tres post y has cometido la osadía de ignorarlos (y lo mismo los has leído y simplemente no tenías nada que aportar. O lo mismo no los has leído, porque en tu egoísmo atroz no has firmado ningún contrato de compromiso eterno con su blog). Los que van del palo "te conozco y sé quién eres, te espío todas las vísperas de festivos y me he quedao con tu cara, que por cierto ocultas en tu blog". Los de "me siento decepcionado porque has sido tan indecente como para no coincidir al 100% con la imagen irreal que me había formado de ti por haber leído tres posts, y ahora me enfado y no respiro". Los que te comentan sin haber leído el texto y lo demuestran metiendo la gamba muy hábilmente. Los que copian y pegan el mismo comentario en los catorce blogs que visitan esa tarde. Los que, los que y los que.

Yo a lo mejor soy un poco asocial en Bloguilandia, o a lo mejor es que tengo dos dedos de frente, pero primero, no me atrevo a juzgar a alguien porque he leído dos post y otro más que no entendí del todo; segundo, cuando conozco a alguien de veras, no me dedico a ir de lista anónima en su blog pretendiendo poner al descubierto su verdadera cara; tercero, no me disfrazo de amante despechada que llora por las esquinas del blog de su adorado Él por las punyaladas que éste le dio; cuarto, no me atrevo a decirle a nadie que SU blog y SUS escritos tienen que responder a MIS expectativas y MI percepción de él; quinto, enlazo lo que me da la gana y por las razones que me apetece; sexto, navego por donde me permiten el tiempo y las ganas sin sentirme obligada por nadie en absoluto; séptimo, comento cuando me sale algo que decir sin esperar que nadie esté en deuda conmigo porque una vez (o a diario) entré en su blog y tecleé treinta y dos letras seguidas... y suma y sigue, Gacelita.

No sé si será que las Gacelas se toman la Blogosfera como su sabana particular, y están demasiado acostumbradas a moverse según sus reglas... pero el caso es que, partiendo de que en estos mundos hay mucha gente interesante, hay otro buen punyado al que dar de comer aparte.

Narrado sin acritud, es sólo que esta vinyeta me hizo mucha gracia, y me recordó todo esto.

[Experiencias sacadas de la vida real, algunas conmigo como protagonista y otras vistas -con ojos como platos- en otros blogs]

[Si quieres ver más imágenes de Dork Tower, pincha AQUÍ]

En ocasiones veo patios de guardería

Dork Tower

Me temo que no entro del todo en la socialización en la blogosfera. Y me gustan muchos blogs, y me gusta su gente, y lo paso bien... pero no dejan de sorprenderme ciertas conductas que creí que se superaban cuando empezabas a poner más velas en la tarta de las que podías contar con tus dedos.

Esa gente que sólo hace intercambio de enlaces, porque si te han enlazado y no ven que tú hagas lo mismo se les hincha la vena del cuello. Los que sólo te comentan si les comentas a su vez. Los que se ofenden airados porque han escrito tres post y has cometido la osadía de ignorarlos (y lo mismo los has leído y simplemente no tenías nada que aportar. O lo mismo no los has leído, porque en tu egoísmo atroz no has firmado ningún contrato de compromiso eterno con su blog). Los que van del palo "te conozco y sé quién eres, te espío todas las vísperas de festivos y me he quedao con tu cara, que por cierto ocultas en tu blog". Los de "me siento decepcionado porque has sido tan indecente como para no coincidir al 100% con la imagen irreal que me había formado de ti por haber leído tres posts, y ahora me enfado y no respiro". Los que te comentan sin haber leído el texto y lo demuestran metiendo la gamba muy hábilmente. Los que copian y pegan el mismo comentario en los catorce blogs que visitan esa tarde. Los que, los que y los que.

Yo a lo mejor soy un poco asocial en Bloguilandia, o a lo mejor es que tengo dos dedos de frente, pero primero, no me atrevo a juzgar a alguien porque he leído dos post y otro más que no entendí del todo; segundo, cuando conozco a alguien de veras, no me dedico a ir de lista anónima en su blog pretendiendo poner al descubierto su verdadera cara; tercero, no me disfrazo de amante despechada que llora por las esquinas del blog de su adorado Él por las punyaladas que éste le dio; cuarto, no me atrevo a decirle a nadie que SU blog y SUS escritos tienen que responder a MIS expectativas y MI percepción de él; quinto, enlazo lo que me da la gana y por las razones que me apetece; sexto, navego por donde me permiten el tiempo y las ganas sin sentirme obligada por nadie en absoluto; séptimo, comento cuando me sale algo que decir sin esperar que nadie esté en deuda conmigo porque una vez (o a diario) entré en su blog y tecleé treinta y dos letras seguidas... y suma y sigue, Gacelita.

No sé si será que las Gacelas se toman la Blogosfera como su sabana particular, y están demasiado acostumbradas a moverse según sus reglas... pero el caso es que, partiendo de que en estos mundos hay mucha gente interesante, hay otro buen punyado al que dar de comer aparte.

Narrado sin acritud, es sólo que esta vinyeta me hizo mucha gracia, y me recordó todo esto.

[Experiencias sacadas de la vida real, algunas conmigo como protagonista y otras vistas -con ojos como platos- en otros blogs]

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jueves, 8 de diciembre de 2005

Neutralidad mal resuelta

La gente toma decisiones, todos lo hacemos, y lo que decidimos influye en nuestro entorno. Podemos agarrarnos a una supuesta Neutralidad con mayúsculas, pero no hay posición más difícil -y muchas veces, no hay posición más falsa-. Como en las leyes de la robótica de Asimov, uno puede permitir que a otro le danyen por acción u omisión, y si lo permites en aras de una supuesta neutralidad, en realidad estás tomando partido, y lo estás haciendo por el verdugo. Callar ante un ataque te vuelve cómplice del mismo. Puedes hacerlo, porque no deja de ser una más de las decisiones que tenemos derecho a tomar, pero no sería justo que siguieras alardeando de tu neutralidad cuando, de hecho, sí has tomado partido. Aunque nadie venga a pedirte que rindas cuentas por ello. Sólo lo sabe, y deberías saberlo tú también.

He metido en una cesta todos estos días. Ha habido lágrimas, a pesar de que intenté cenyir la armadura todo lo posible -pero tal vez los golpes vinieron de donde no los esperaba, de aquellos que conocían los huecos de la cota de malla-. Ha habido risas también, risas a ciegas de las que no preguntan porque saben que las respuestas hieren, y eligen -de nuevo decisiones- no pedirle peras al olmo y disfrutar de lo que hay, sin preguntarse por qué es tan poco.

Y seguramente lo que llena la cesta serían las decepciones. Porque aunque una sabe que no debería esperar nada, no lo consigue del todo. Porque aunque una respeta las decisiones tomadas, no las entiende, y se clavan dentro. Porque en algún caso, la deslealtad es sangrante. Yo también me vi en medio, y nunca dejé de defender lo que consideré justo, aunque me costara meses de silencios. Y no me arrepiento, sólo constato lo distintos que somos.

Me hablan de neutralidad y aflora una sonrisa amarga. En su casa, neutralidad. Diez horas frente a setenta y dos, neutralidad. Ceguera voluntaria que no distingue verdugos de víctimas, neutralidad. Silencio cómplice, lo llamaría yo. Quien calla otorga. Acción u omisión.

Pero la gente toma sus decisiones, y no seré yo quien pida explicaciones. No me atrevo, no siento que tenga derecho. Tal vez la próxima vez que me llames para contarme tus penas durante hora y media, debería recordarte las decisiones que tomaste, que no son en balde, que hacen danyo, que deberían tener consecuencias. Pero me conozco, y dudo que lo haga.

Eso sí... mejor no me hables de neutralidad. No podré evitar sonreír. Y pasarte algo de Asimov que leer.

Neutralidad mal resuelta

La gente toma decisiones, todos lo hacemos, y lo que decidimos influye en nuestro entorno. Podemos agarrarnos a una supuesta Neutralidad con mayúsculas, pero no hay posición más difícil -y muchas veces, no hay posición más falsa-. Como en las leyes de la robótica de Asimov, uno puede permitir que a otro le danyen por acción u omisión, y si lo permites en aras de una supuesta neutralidad, en realidad estás tomando partido, y lo estás haciendo por el verdugo. Callar ante un ataque te vuelve cómplice del mismo. Puedes hacerlo, porque no deja de ser una más de las decisiones que tenemos derecho a tomar, pero no sería justo que siguieras alardeando de tu neutralidad cuando, de hecho, sí has tomado partido. Aunque nadie venga a pedirte que rindas cuentas por ello. Sólo lo sabe, y deberías saberlo tú también.

He metido en una cesta todos estos días. Ha habido lágrimas, a pesar de que intenté cenyir la armadura todo lo posible -pero tal vez los golpes vinieron de donde no los esperaba, de aquellos que conocían los huecos de la cota de malla-. Ha habido risas también, risas a ciegas de las que no preguntan porque saben que las respuestas hieren, y eligen -de nuevo decisiones- no pedirle peras al olmo y disfrutar de lo que hay, sin preguntarse por qué es tan poco.

Y seguramente lo que llena la cesta serían las decepciones. Porque aunque una sabe que no debería esperar nada, no lo consigue del todo. Porque aunque una respeta las decisiones tomadas, no las entiende, y se clavan dentro. Porque en algún caso, la deslealtad es sangrante. Yo también me vi en medio, y nunca dejé de defender lo que consideré justo, aunque me costara meses de silencios. Y no me arrepiento, sólo constato lo distintos que somos.

Me hablan de neutralidad y aflora una sonrisa amarga. En su casa, neutralidad. Diez horas frente a setenta y dos, neutralidad. Ceguera voluntaria que no distingue verdugos de víctimas, neutralidad. Silencio cómplice, lo llamaría yo. Quien calla otorga. Acción u omisión.

Pero la gente toma sus decisiones, y no seré yo quien pida explicaciones. No me atrevo, no siento que tenga derecho. Tal vez la próxima vez que me llames para contarme tus penas durante hora y media, debería recordarte las decisiones que tomaste, que no son en balde, que hacen danyo, que deberían tener consecuencias. Pero me conozco, y dudo que lo haga.

Eso sí... mejor no me hables de neutralidad. No podré evitar sonreír. Y pasarte algo de Asimov que leer.

viernes, 2 de diciembre de 2005

Ajustando la armadura

Guerrera de Luis Royo

Quizás no se confirme la tormenta, aunque me extranyaría con este cielo gris, con estas nubes peleonas sobre mí, con este aire a lluvia en el ambiente.

Quizás no se confirme la tormenta... hoy. Puede que la tromba de agua caiga manyana, que los truenos descarguen su furia cuando caiga el sol o cuando despierte de nuevo. Pronto, los pájaros ya han levantado el vuelo.

O quizás, sólo quizás, se aleje la borrasca. Pero no puedo confiar, no sabiendo lo arbitrario de los rayos y su poder destructor, devastador.

Por eso ajusto mi armadura. Cojo aire, una gran bocanada, y tapo puntos flacos. Cota de malla, casco, guanteletes. Nada puede quedar al aire, el enemigo es astuto y ruin y quiere danyar por encima de todo, hemos aprendido eso en una guerra que nunca quisimos librar. Por eso nos encerramos dentro de la pesada estructura metálica, esperando obtener así algo de protección. Si han de llover golpes, al menos que no nos desangren. Aunque dentro apenas puedas respirar, aunque no veas bien, aunque tus movimientos se vuelvan torpes y pesados. No sabrás manejar la espada, nunca quisiste aprender... pero protégete al menos.

Caen las primeras gotas. Ajusta la armadura, pequenya.

[Imagen de Luis Royo]

Ajustando la armadura

Guerrera de Luis Royo

Quizás no se confirme la tormenta, aunque me extranyaría con este cielo gris, con estas nubes peleonas sobre mí, con este aire a lluvia en el ambiente.

Quizás no se confirme la tormenta... hoy. Puede que la tromba de agua caiga manyana, que los truenos descarguen su furia cuando caiga el sol o cuando despierte de nuevo. Pronto, los pájaros ya han levantado el vuelo.

O quizás, sólo quizás, se aleje la borrasca. Pero no puedo confiar, no sabiendo lo arbitrario de los rayos y su poder destructor, devastador.

Por eso ajusto mi armadura. Cojo aire, una gran bocanada, y tapo puntos flacos. Cota de malla, casco, guanteletes. Nada puede quedar al aire, el enemigo es astuto y ruin y quiere danyar por encima de todo, hemos aprendido eso en una guerra que nunca quisimos librar. Por eso nos encerramos dentro de la pesada estructura metálica, esperando obtener así algo de protección. Si han de llover golpes, al menos que no nos desangren. Aunque dentro apenas puedas respirar, aunque no veas bien, aunque tus movimientos se vuelvan torpes y pesados. No sabrás manejar la espada, nunca quisiste aprender... pero protégete al menos.

Caen las primeras gotas. Ajusta la armadura, pequenya.

[Imagen de Luis Royo]

lunes, 28 de noviembre de 2005

Aterrorizada

Sé que no es racional, pero no puedo pensar. No puedo-no puedo-no puedo. Bloqueo total.

Hay alguien que en este anyo ha dedicado mucho empenyo a hacerme danyo. Tal vez no tanto, y eso lo pienso porque una, tendente a pensar un poco en los demás, cree que hacer danyo de manera continuada, sostenida, creciente, requiere esfuerzos concretos dirigidos a ello. A mí no me sale solo, pero quizás a esa persona sí. Quizás no le cuesta ir desgarrando, quizás no le cuesta humillar, quizás las palabras como dagas que se clavan son las primeras que acuden a sus labios.

Es una persona con un inmenso poder sobre mí, que sé que dicen que yo se lo he dado, pero no sé cómo quitárselo. Es alguien que ha llenado de angustia tantas noches que no puedo contarlas, alguien que ha pronunciado frases que siguen dando tumbos en mi cabeza, aranyándome, alguien frente a quien no soy Nadie en absoluto. Me aterroriza, nadie me había hecho nunca tanto danyo y había seguido pateando cuando no quedaba nada que patear, nada más que una masa deshecha en el suelo. No sé dónde encontraba el placer, qué la seguía animando. Es la persona más cruel con la que me he encontrado, con una inmensa capacidad para golpear y seguir golpeando aunque sus nudillos estén desollados.

Ante sus ataques, me hice pequenya, diminuta. Reconocía mentiras en ellos y no fui capaz de defender mis verdades. Fui juzgada injustamente y no fui capaz de limpiar mi nombre. Chiquita y acuclillada en un rincón, sellé mis labios y huí de espacios que me pertenecían. Cedí terreno a cambio de paz y olvido, aun sabiendo que yo no iba -no podría- olvidar los ataques, la sangre derramándose, la herida abierta, la batalla perdida antes de comenzar. Pero necesitaba paz, necesitaba que su voz como punyal envenenado dejara de clavarse en mi cuerpo desnudo. Me rompía. Así que no me defendí, sólo me fui a mi rincón esperando que diera por ganada su guerra. Era la vencedora, de hecho.

Y al tiempo cesaron los mails, y empecé a poder respirar aunque fuera a pequenyas bocanadas. Y en meses -porque resituarme en el camino me tomó meses- me atreví a asomarme fuera y a dar algún paso -que no molestara, que no llamara la atención, que no la despertara otra vez, dispuesta a asestar un nuevo golpe-.

Hoy llama a mi puerta como un espejismo, aparece para irse sin que sepa su intención. Y el pánico me atenaza, el aire se me escapa, toda yo soy un temblor y corro dando traspiés a mi rincón, donde me tapo con el edredón y me pregunto qué he podido hacer. Las voces se desatan en mi cabeza, las mías y la suya por encima, repitiendo amenazas, castigos, sentencias por ejecutar. Sólo ha sabido hacerme danyo, destrozarme, acabar conmigo... y aun vuelve a por más? Qué más quiere?

No lo entiendo. Y como la Alicia del cuento, encojo hasta que casi no se me ve. Diminuto ser aterrorizado, en sus manos como ayer, esperando que no le dé por desmontar de nuevo el juguete y tirarle a la basura, roto e inservible. Manojo de nervios esperando la tormenta.