martes, 10 de mayo de 2005

Tengo, tengo, tengo...

Tengo, tengo, tengo,
tú no tienes nada,
tengo tres ovejas
en una cabanya.
Una me da leche,
otra me da lana,
otra me mantiene
toda la semana.
Caballito blanco,
llévame de aquí,
llévame hasta el pueblo
donde yo nací...

Sabiendo que mis ojos no ven como deberían, que tienen la vista cerrada permanentemente en lo mismo y que por fuerza, tiene que haber más allá, tiene que haber cosas que soy incapaz de ver como si fueran transparentes. Tengo, tengo, tengo...

Tengo un padre que niega serlo, que va haciéndose las Europas y coleccionando medallas al mérito diplomático/político con la conciencia tranquila bajo la barba. Tengo media familia perdida por su parte, tengo una sobrina que no conocerá a su tía y dos hermanos mayores que nada saben de mí.

Tengo una madre que huyó de mí (y de ella?) marchándose a una isla en forma de caimán a miles de kilómetros, una isla que aún suenya y cree en ideales y donde ella puede que recobre la sonrisa perdida, militando que es lo suyo. Tengo una madre de la que estoy orgullosísima como persona, pero con tantas lagunas como madre que ha acabado borrando a sus hijos de su Historia y marchándose a construir Futuros en los que sí cree. Tengo una madre que no ha sido capaz nunca de dar la cara por su hija, porque odia discutir y se siente pequenyita. Tengo una madre que eligió a un padre ausente como condición para tener hijos, y que luego decidió sumarse a la lista de ausencias.

Tengo una tía, única hermana de mi madre, que piensa que su sobrina va montando numeritos aquí y allá, y que ha vetado mi entrada en su casa. Tengo una tía que en la entrega de regalos de Reyes, este enero, exigió que yo no estuviera presente. Tengo una tía con más poder que nadie en mi familia.

Tengo un hermano lejano, más preocupado por el destino de una propiedad común que por su hermana. Tengo un hermano que necesita alejarse de mí para construirse un futuro, y que no tiene problema en decírmelo claramente.

Tengo una casa en la que he conseguido transformar lo luminosa que era en sombras que me asfixian. Tengo una casa donde mi Bestia reina y yo obedezco. Tengo una casa que se ríe de la palabra Hogar, tengo una casa-prisión, una casa asesina.

Tengo un exninyo que me pidió tiempo hace tanto que si no fuera por lo maniática que es una con los números del calendario, habría olvidado cuanto. Tengo un número de teléfono que no puedo marcar, un portal de una casa que no puedo pisar, tiendas en las que no entro, supermercados en los que no compro, líneas de autobús que no cojo, espacio-tiempos en los que tengo prohibido coincidir. Tengo una ausencia que no se llena, un vínculo perdido y un saco de promesas rotas. Tengo jardines marchitos, seis hojas de mentiras garabateadas en mi libreta, dos cartas incompletas y un corazón desangrado.

Tengo un grupo de amigos en común con mi ex-ninyo a los que sólo veo cuando éste se marcha fuera de Madrid un fin de semana. Tengo un barrio entero marcado en el mapa, doliente. Tengo vínculos haciendo equilibrios en la cuerda floja para mantenerse bajo las nuevas condiciones.

Tengo ropa que no me vale porque he bajado dos tallas y apenas se me ve de perfil. Tengo una cocina que no uso y comida en la nevera desde marzo. Tengo tantas limitaciones -seguro que muchas autoimpuestas- que sólo puedo ahogarme.

Tiene que haber otras cosas, lo sé por la teoría, podría nombrar algunas, una casa en Valencia, una prima que hace sonreír y un trabajo-refugio, pero son las otras las que bailan una y otra vez ante mis ojos en forma de lucecitas de esas que danyan la vista e impiden ver más allá.

Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada...
Caballito blanco, llévame de aquí...

(Escuchando "More than this", de... ops)

Tengo, tengo, tengo...

Tengo, tengo, tengo,
tú no tienes nada,
tengo tres ovejas
en una cabanya.
Una me da leche,
otra me da lana,
otra me mantiene
toda la semana.
Caballito blanco,
llévame de aquí,
llévame hasta el pueblo
donde yo nací...

Sabiendo que mis ojos no ven como deberían, que tienen la vista cerrada permanentemente en lo mismo y que por fuerza, tiene que haber más allá, tiene que haber cosas que soy incapaz de ver como si fueran transparentes. Tengo, tengo, tengo...

Tengo un padre que niega serlo, que va haciéndose las Europas y coleccionando medallas al mérito diplomático/político con la conciencia tranquila bajo la barba. Tengo media familia perdida por su parte, tengo una sobrina que no conocerá a su tía y dos hermanos mayores que nada saben de mí.

Tengo una madre que huyó de mí (y de ella?) marchándose a una isla en forma de caimán a miles de kilómetros, una isla que aún suenya y cree en ideales y donde ella puede que recobre la sonrisa perdida, militando que es lo suyo. Tengo una madre de la que estoy orgullosísima como persona, pero con tantas lagunas como madre que ha acabado borrando a sus hijos de su Historia y marchándose a construir Futuros en los que sí cree. Tengo una madre que no ha sido capaz nunca de dar la cara por su hija, porque odia discutir y se siente pequenyita. Tengo una madre que eligió a un padre ausente como condición para tener hijos, y que luego decidió sumarse a la lista de ausencias.

Tengo una tía, única hermana de mi madre, que piensa que su sobrina va montando numeritos aquí y allá, y que ha vetado mi entrada en su casa. Tengo una tía que en la entrega de regalos de Reyes, este enero, exigió que yo no estuviera presente. Tengo una tía con más poder que nadie en mi familia.

Tengo un hermano lejano, más preocupado por el destino de una propiedad común que por su hermana. Tengo un hermano que necesita alejarse de mí para construirse un futuro, y que no tiene problema en decírmelo claramente.

Tengo una casa en la que he conseguido transformar lo luminosa que era en sombras que me asfixian. Tengo una casa donde mi Bestia reina y yo obedezco. Tengo una casa que se ríe de la palabra Hogar, tengo una casa-prisión, una casa asesina.

Tengo un exninyo que me pidió tiempo hace tanto que si no fuera por lo maniática que es una con los números del calendario, habría olvidado cuanto. Tengo un número de teléfono que no puedo marcar, un portal de una casa que no puedo pisar, tiendas en las que no entro, supermercados en los que no compro, líneas de autobús que no cojo, espacio-tiempos en los que tengo prohibido coincidir. Tengo una ausencia que no se llena, un vínculo perdido y un saco de promesas rotas. Tengo jardines marchitos, seis hojas de mentiras garabateadas en mi libreta, dos cartas incompletas y un corazón desangrado.

Tengo un grupo de amigos en común con mi ex-ninyo a los que sólo veo cuando éste se marcha fuera de Madrid un fin de semana. Tengo un barrio entero marcado en el mapa, doliente. Tengo vínculos haciendo equilibrios en la cuerda floja para mantenerse bajo las nuevas condiciones.

Tengo ropa que no me vale porque he bajado dos tallas y apenas se me ve de perfil. Tengo una cocina que no uso y comida en la nevera desde marzo. Tengo tantas limitaciones -seguro que muchas autoimpuestas- que sólo puedo ahogarme.

Tiene que haber otras cosas, lo sé por la teoría, podría nombrar algunas, una casa en Valencia, una prima que hace sonreír y un trabajo-refugio, pero son las otras las que bailan una y otra vez ante mis ojos en forma de lucecitas de esas que danyan la vista e impiden ver más allá.

Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada...
Caballito blanco, llévame de aquí...

(Escuchando "More than this", de... ops)

miércoles, 4 de mayo de 2005

Lo enfermo y lo sano

Cuando era pequenya, a los cuatro anyos, y después de cambiar por otro al pediatra que insistía en que la ninya era una quejicosa y tenía gases, me diagnosticaron un estupendo Linfoma de Burkitt en estadío 3, ahí en mi intestino, haciéndose fuerte. Cáncer, palabra que no suele recibirse con sonrisas. Le pintaron a mi madre el bonito -y realista- panorama de un 30% de posibilidades de que la ninya tuviera oportunidad de hacerse mayor, y empezaron las operaciones -cuatro-, las sesiones de quimioterapia que se alargarían durante dos anyos, el uso de gorritos tipo La Casa de la Pradera, y el apelativo carinyoso de mi madre, "Coquito Pelado", o "Coquito Sabio". Y las vomiteras, el ir al colegio un día sí siete no, los celos de mi hermano y las vias cogidas en manos y pies... todo un mundo. Aunque no se quedó como un mal recuerdo: una aprendió a leer de corrido, escuchó infinidad de cuentos, aprendió a jugar al ajedrez (ehem... a mover las piezas, vale) y se hizo la tahúr de pediatría con las cartas, el dominó, los dados y el parchís de su parte.

La quimioterapia de los tempranos 80 tenía más efectos secundarios que la de ahora, y el mismo defecto, creo: arrasar con todo. Células sanas, enfermas, daban igual, todas a una a la calle. Una se quedaba hecha una piltrafa en miniatura, hubo alguna temporada de burbuja por eso de que tanto liarse a aniquilar células y nos habíamos quedado bajo mínimos. Pero era la quimio, y era la única manera de acabar con las células cancerosas: llevarse por delante una buena parte de las sanas.

La muchacha que escribe se puso bien, pasó revisiones y acabó superando los diez anyos de plazo una vez acabado el tratamiento: ya ni siquiera hacían falta las revisiones porque nos habíamos agarrado al 30% famoso. Y pasaron los anyos, y llegaron nuevas enfermedades, de otra índole pero con algunas cosas en común.

Una de ellas es la que tenía en la cabeza al escribir este post. Hace unos anyos que entraron en mi vida una práctica familia de medicamentos que luego irían y vendrían según la racha. El de hoy es la periciazina, ayer fueron otros, manyana... ya veremos. Y todos estos medicamentos siguen un patrón que me recuerda a esa quimio que no distinguía, la pobre, a qué células tenía que cargarse. Ralentizan los pensamientos, pero no sólo los autodestructivos, los enfermos, los descontrolados... los ralentizan todos, los bloquean por igual. Te atontan como única vía de descansar un poco de ti misma. Y es lo mejor, mejor eso que verse acosada por ideas que te poseen y que no controlas en absoluto, mejor que las voces incesantes en la cabeza... pero vuelve a sorprenderme que para acabar con lo malo es necesario prescindir de lo poco bueno que tenemos.

En la película LA CELDA (y si alguien no la ha visto a estas alturas y tiene interés, van a venir spoilers varios), una doctora se introduce en la mente de un asesino. Allí encuentra su dualidad: una parte malvada que le ha llevado a esos asesinatos, y una parte buena, atemorizada y empequenyecida, que teme a la Bestia -que es él también- por encima de todo, y que vive bajo la forma del ninyo que fue, escondiéndose en los rincones de la mente, anulada. No había ya forma de recuperar un equilibrio perdido demasiado atrás, así que llega el momento en que la médica atiende la petición del ninyo mental/parte sana, que quiere descansar... y le ahoga, porque es la única forma de poder acabar con la parte asesina/Bestia. De nuevo... para liberarnos de lo enfermo, lo asesino, la Bestia... es necesario matar a lo bueno, lo sano.

Es curioso que el patrón se repita tanto... no puedes acabar con lo malo sin llevarte por delante lo bueno. No puedes descansar de lo enfermo sin haber acabado también con lo sano. Triste... pero sin alternativas.

[Periciazinas, olanzapinas y demás inas, aquí] [La Celda, aquí]

Lo enfermo y lo sano

Cuando era pequenya, a los cuatro anyos, y después de cambiar por otro al pediatra que insistía en que la ninya era una quejicosa y tenía gases, me diagnosticaron un estupendo Linfoma de Burkitt en estadío 3, ahí en mi intestino, haciéndose fuerte. Cáncer, palabra que no suele recibirse con sonrisas. Le pintaron a mi madre el bonito -y realista- panorama de un 30% de posibilidades de que la ninya tuviera oportunidad de hacerse mayor, y empezaron las operaciones -cuatro-, las sesiones de quimioterapia que se alargarían durante dos anyos, el uso de gorritos tipo La Casa de la Pradera, y el apelativo carinyoso de mi madre, "Coquito Pelado", o "Coquito Sabio". Y las vomiteras, el ir al colegio un día sí siete no, los celos de mi hermano y las vias cogidas en manos y pies... todo un mundo. Aunque no se quedó como un mal recuerdo: una aprendió a leer de corrido, escuchó infinidad de cuentos, aprendió a jugar al ajedrez (ehem... a mover las piezas, vale) y se hizo la tahúr de pediatría con las cartas, el dominó, los dados y el parchís de su parte.

La quimioterapia de los tempranos 80 tenía más efectos secundarios que la de ahora, y el mismo defecto, creo: arrasar con todo. Células sanas, enfermas, daban igual, todas a una a la calle. Una se quedaba hecha una piltrafa en miniatura, hubo alguna temporada de burbuja por eso de que tanto liarse a aniquilar células y nos habíamos quedado bajo mínimos. Pero era la quimio, y era la única manera de acabar con las células cancerosas: llevarse por delante una buena parte de las sanas.

La muchacha que escribe se puso bien, pasó revisiones y acabó superando los diez anyos de plazo una vez acabado el tratamiento: ya ni siquiera hacían falta las revisiones porque nos habíamos agarrado al 30% famoso. Y pasaron los anyos, y llegaron nuevas enfermedades, de otra índole pero con algunas cosas en común.

Una de ellas es la que tenía en la cabeza al escribir este post. Hace unos anyos que entraron en mi vida una práctica familia de medicamentos que luego irían y vendrían según la racha. El de hoy es la periciazina, ayer fueron otros, manyana... ya veremos. Y todos estos medicamentos siguen un patrón que me recuerda a esa quimio que no distinguía, la pobre, a qué células tenía que cargarse. Ralentizan los pensamientos, pero no sólo los autodestructivos, los enfermos, los descontrolados... los ralentizan todos, los bloquean por igual. Te atontan como única vía de descansar un poco de ti misma. Y es lo mejor, mejor eso que verse acosada por ideas que te poseen y que no controlas en absoluto, mejor que las voces incesantes en la cabeza... pero vuelve a sorprenderme que para acabar con lo malo es necesario prescindir de lo poco bueno que tenemos.

En la película LA CELDA (y si alguien no la ha visto a estas alturas y tiene interés, van a venir spoilers varios), una doctora se introduce en la mente de un asesino. Allí encuentra su dualidad: una parte malvada que le ha llevado a esos asesinatos, y una parte buena, atemorizada y empequenyecida, que teme a la Bestia -que es él también- por encima de todo, y que vive bajo la forma del ninyo que fue, escondiéndose en los rincones de la mente, anulada. No había ya forma de recuperar un equilibrio perdido demasiado atrás, así que llega el momento en que la médica atiende la petición del ninyo mental/parte sana, que quiere descansar... y le ahoga, porque es la única forma de poder acabar con la parte asesina/Bestia. De nuevo... para liberarnos de lo enfermo, lo asesino, la Bestia... es necesario matar a lo bueno, lo sano.

Es curioso que el patrón se repita tanto... no puedes acabar con lo malo sin llevarte por delante lo bueno. No puedes descansar de lo enfermo sin haber acabado también con lo sano. Triste... pero sin alternativas.

[Periciazinas, olanzapinas y demás inas, aquí] [La Celda, aquí]

lunes, 2 de mayo de 2005

(Paréntesis)

Días de paréntesis entre la tormenta. Días de risas, de maratones de Friends, de brisa salada bajo el sol, de noches tranquilas en las que el sueño te arropa sin ser refugio desesperado, única solución para una cabeza siempre demasiado activa.

Días acompañada por más que buena gente, por personas de esas tan especiales que tienen un hueco asegurado en cualquier cielo que exista. En los que la soledad no atenaza, y tus voces no se crecen en medio de un silencio indeseado, indeseable.

Y hay sonrisas, y buena comida, y paella sin guisantes, y sofá para ver películas... y todo parece más sencillo.

Aún así, no se aparta de ti la certeza de que es un paréntesis, y que incluso dentro de ese paréntesis, por las mañanas en la cama te vienen pensamientos sobre tu no-futuro, y detallas minuciosamente cómos y dóndes.

Pero entre la risa y la calma, me gustaría poder llevarme un poco a casa.

(Paréntesis)

Días de paréntesis entre la tormenta. Días de risas, de maratones de Friends, de brisa salada bajo el sol, de noches tranquilas en las que el sueño te arropa sin ser refugio desesperado, única solución para una cabeza siempre demasiado activa.

Días acompañada por más que buena gente, por personas de esas tan especiales que tienen un hueco asegurado en cualquier cielo que exista. En los que la soledad no atenaza, y tus voces no se crecen en medio de un silencio indeseado, indeseable.

Y hay sonrisas, y buena comida, y paella sin guisantes, y sofá para ver películas... y todo parece más sencillo.

Aún así, no se aparta de ti la certeza de que es un paréntesis, y que incluso dentro de ese paréntesis, por las mañanas en la cama te vienen pensamientos sobre tu no-futuro, y detallas minuciosamente cómos y dóndes.

Pero entre la risa y la calma, me gustaría poder llevarme un poco a casa.

lunes, 25 de abril de 2005

Eros y Thanatos

Death & Life, de Gustav Klimt

Decía Freud que el hombre se ve atenazado por dos grandes fuerzas instintivas y opuestas, a las que dio el nombre de Eros y Thanatos. La primera simbolizaba la fuerza de Vida, el deseo, la atracción, la creación. Enfrente se encontraría irremediablemente de cara a Thanatos, o el instinto de muerte, de autodestrucción, de repulsión. Y así, navegando entre uno y otro tendría que encontrar el hombre su camino, eternamente a la deriva entre la Vida y la Muerte.

En la sociedad que hemos construido, la Muerte se teme, necesitamos verla de lejos, y de hecho alejamos ya lo que nos recuerda a ella. La enfermedad y la vejez tienen sitios donde estar sin mezclarse con nuestra cotidianeidad, porque nos recuerdan la muerte y lo inevitable de la misma. Pero nos da miedo, no se habla de ella, los funerales son actos solemnes y tristes donde se entienden la seriedad y el color negro como signos de respeto, no sabemos manejarnos con lo que no es sino una parte más de la vida. Aunque sea la última...

Ramón Sampedro, en su libro "Cartas desde el infierno", asocia repetidamente el temor a la muerte con la necesidad de control, tanto de nosotros mismos directamente como de estamentos sociales como la Iglesia. Un hombre a quien se le negó su derecho a morir dignamente según su deseo necesitó entender esa negativa como un acto de autoridad, de imposición de papá Estado, clero y magistrados en el mismo saco, velando por quienes ya no son ninyos como si continuaran siéndolo. Y el control es mucho más fácil ejercerlo desde el miedo, desde el tabú, desde el silencio. Tres características de la muerte.

En un viaje que hice a Marruecos hace un tiempo, vivimos una escena entranyable y que nos chocó. Una invitación a casa de un vendedor hospitalario al que habíamos visitado varias veces nos permitió conocer a su familia... y en el salón, tumbada, conocimos a su anciana abuela, más en el otro mundo que en éste, pero saludada por todos, respetada, querida e integrada en ese ciclo vital familiar pese a su cercanía a la muerte. Recuerdo a la pequenya de la casa, que tendría tres anyos, saltando y parloteando al lado de la abuela... y esa sensación de aceptación de la muerte, de cercanía a la vida, de cuadro de vida y muerte de la mano.

Eros y Thanatos.

Algunas personas tienen un instinto de vida debilitado, las causas pueden ser muchísimas... y el instinto de muerte, su Thanatos particular, está fortalecido, crecido, dominante y claro vencedor. Hay sufrimiento mientras hay lucha, y la lucha puede durar meses, anyos, porque Eros también resiste, también aguanta, porque hay una parte del ser humano que no se resigna a desaparecer. Y la calma sólo llega cuando la victoria cae de uno de los lados.

Necesito que acabe la pelea, gane quien gane.

(Imagen de Gustav Klimt: Vida y Muerte)

(Escuchando "La senda del tiempo", de Celtas Cortos)