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miércoles, 17 de junio de 2009

Alegoría

Ayer, al llegar a su casa, hicimos el amor en el baño. Para que yo no me entristezca, de un tiempo a esta parte él llama hacer el amor a lo que hacemos.
En ese baño fue donde me desvirgó. Allí, postrado de rodillas y agarrado al bidé para soportar sus trémulos embates, Rodrigo me penetró, y después me aseguró que había estado fenomenal. No me dijo que me quería, ni tan siquiera que le gustaba mucho mi cuerpo vigoroso y adolescente. Sólo me dijo que follar conmigo había sido fenomenal. Yo lo tomé como el primer cumplido que recibía de aquel hombre al que por fin, tras enamorarme de él después de leer devotamente sus dos obras anteriores, había podido conocer personalmente en la presentación de Alegoría, su última novela.
Si quieres me quedo a dormir. Le dije todavía sentado en el suelo, mientras él se quitaba el condón. Y mañana te paso a limpio lo que estés escribiendo. Proseguí, tratando de ser útil. Me respondió que no. Que su mujer y su hija regresaban a primera hora. Luego, dándome un sonriente abrazo, me prometió que me llamaría el próximo fin de semana.

jueves, 19 de junio de 2008

Condenados

Una luz desnuda y vertical ilumina el habitáculo. Todo queda sometido a su rigor. No hay lugar para las sombras. Hasta las mentiras, otras veces esquivas y oscuras, se muestran ahora cándidas y enjalbegadas. Sobre el camastro inferior, el que antaño ejerció de matón fuma un cigarrillo y mata el tiempo voluta a voluta. Arriba, un pelín más cerca de las estrellas, sólo un pelín, eso sí, gravita insomne su compañero de celda. Más joven. Quizá un poco menos peligroso. Trató de soñar con un beso, no lo consiguió, y se desveló.
No duermes, verdad. Pregunta. No. Contesta el otro. Cuéntame otra vez cómo fue aquello de tu socio. El pichacorta. Sí. Responde, sonriente. El cabrón tenía un rabo de proporciones aberrantes, fuera de cualquier orden canónico. La policía lo trincó cerca de Burgos, en un motel de carretera. Averiguaron en qué habitación estaba por los gritos de asombro de la puta. Y qué pasó después. Después cantó y me trincaron a mí. Jamás me perdonó que su mujer y yo nos enamoráramos.

martes, 10 de junio de 2008

La esencia

Marta era mejor poetisa que puta, y eso que de esto último no andaba escasa de méritos. Las noches tempranas, después de cenar frugalmente, bajaba a la calle y se sentaba en uno de los bancos de la callejuela que desemboca en la plaza Maravillas. Era un primor verla. Hermosa ella. Allí, aleteando sus largos cabellos, encorsetado su cuerpo rotundo en su ceñido vestir, esperaba a que alguien se le acercase y pactase con ella el salario del goce. Con suerte -por aquello de escapar a los reproches y a las miradas vecinas- el primer cliente esperaba a que llegara la noche cerrada para citarse en duelo con la hembra. Era sobre todo en esa deliciosa espera, cuando Marta solía imaginar jugosas y amorosas rimas que hubieran hecho palidecer, por insultante comparación, al mejor de los orgasmos.