miércoles, 6 de diciembre de 2006

Navidudas (I)

¿Qué extraña ley de la naturaleza hace que todos los reunidos para cenar el día de Navidad hayamos envejecido y, sin embargo, siempre haya alguien menor de siete años sentado a la mesa?
¿Qué maquiavélico ser los programa para que sientan el impulso de subirse a una silla y obsequiar a todos los presentes con un poema navideño?
¿Con qué portentosas habilidades mentales cuentan estos pequeños seres capaces de memorizar esos escritos tan soporíferos como extensos?
¿Por qué, en contra de nuestros auténticos deseos, les aplaudimos con tanto candor y nos resignamos a comernos la sopa fría en vez de amordazarlos y meterlos en un armario hasta después de los turrones?

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