miércoles, 25 de marzo de 2009

El glamour de los vampiros


Vivo una vida a deshoras, improvisada tras unas gafas negras que ocultan el vacío y tamizan las carencias. Una vida bendecida con champán caro y amenizada por una orquesta frenética, en la que abundan los bufones en busca de migajas, los amores fingidos y el perfume francés. Una vida de entrevistas pactadas, de primeros planos, y de segundas tomas. Una vida salpicada de putas y efebos, de caprichosos excesos, y de extravagantes sinsentidos.
Juro que hubo un tiempo en el que quise ser algo más. Un escritor renombrado, por ejemplo, un intelectual pausado que fuera referente. Pero me rendí pronto, y ahora no me resigno a no ser uno de ellos. Le debo de haber salido a mi padre. Recuerdo que siendo yo pequeño, él no paraba nunca en casa y mi madre se hartaba a llorar. Quizá éste sea el motivo por el que rechazo el amor viscoso, maternal y mediocre que me ofrece Enma, y me quedo con el fugaz orgasmo que proporcionan la última tendencia, el rumor morboso y el flash oportuno. Para no acabar haciéndole mas daño.
No me miento. Sé lo que soy y lo que quiero acabar siendo. Por eso, cuando llegue el momento de rendir cuentas, no dudaré en reconocerme un cobarde. Admitiré sin ningún problema haber sido una alimaña que se alimentó de insustanciales sueños. Y aceptaré sin sonrojo haber escapado de la sencillez, y haber rechazado la inocencia. Siempre y cuando, claro está, me paguen bien la exclusiva.
Pero mientras ello sucede, el amargo regusto de una noche loca, se disuelve en la tibia e inocente madrugada. Sentado a la orilla del mar, vistiendo con desaliño resacoso un esmoquin blanco prestado, veo como la vida despierta y se suma al cortejo que ha de llevar a sus lúgubres reposos, a estos vampiros a los que acompaño. Mientras el día amanece, el ruidoso griterío de lo frívolo, comienza a sofocarse.
La dolce vita.- 1960.- Federico Fellini

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